Símbolos

En Valdegrajos

Don Andrés termina de comer las gachas y se bebe de un trago el vaso de orujo. Luego suspira hondo, bizquea un poco y murmura:

- Ea, me voy a la iglesia. Dile a Segismundo que vaya para allá cuando acabe el trabajo. Y que no se despiste, que sé que no tiene mucho.

Camina el cura de Valdegrajos por la cuesta que le llevará a la iglesia derruída. El viento sopla frío, anunciando un temprano otoño, pero Don Andrés no parece sentirlo. Por lo bajo masculla una oración con las manos metidas en los bolsillos. Al pasar por casa de los Vinuesa escucha una sarta de maldiciones y se acerca a comprobar si está todo bien. De espaldas a él, Aurora Vinuesa se esfuerza en frotar una pintada que han hecho en la fachada de la casa

- Buenos días, Aurora. ¿Cómo van las cosas?

La Vinuesa pega un respingo y se gira con el cepillo por delante. A punto está de dar a Don Andrés en la nariz pero la joven se detiene justo a tiempo.

- Esto... buenos días, Don Andrés, ¿cómo está usted?

- Pues veo que mejor que tú, jovencita. ¿Qué es lo que ha pasado aquí?

- Pues ya ve usted, algún gracioso nos ha pintarrajeado la pared de casa. Como si no tuvieramos suficiente trabajo con los preparativos de la boda ahora llega algún hijo de... desaprensivo y nos ensucia la fachada.

- Ya veo, hija, ya veo... mmm... esa pintada me resulta familiar. Un ojo abierto...

- ¿Sí?-los ojos de Aurora se iluminan con furia- ¿No sabrá donde puedo encontrar a los responsables? Querría decirles lo que opino de su arte, sobre todo, el de esta pared. Que llevo más de media hora frotando para quitar la marca, me ca... mecachis.

- Bueno-sonríe el cura-, hará más de quince años que vi las últimas. Cosas de críos, las ponían los niños cuando hacían alguna trastada, pero nunca se supo quien las hacía.

- Pues alguien está recuperando su niñez, y fastidiando la juventud al resto. Y no es el único sitio donde han pintado. Virgilio me ha dicho que su hermano Ciriaco se pasó dos horas lijando la puerta de su casa. ¡Dos horas!

- Ya veo... pues lo lamento, Aurora, si quieres luego voy a ver al alcalde, le preguntaré si sabe algo.

- No se preocupe, Don Andrés, que ya se lo dice mi tía Angelina.

- ¡Ah!, es cierto que hoy es miércoles, nos toca reunión-Don Andrés no puede evitar el rastro de urgencia en su voz.

- Pues... eso creo. No estoy segura.

- Bien, entonces tengo poco tiempo. Una pregunta, ¿está tu madre en casa? Tenemos que hablar de los arreglos para la boda...

- Pues creo que no, hoy las Señoras tenían reunión, creo que en casa de los Clavijo.

- Entiendo. En fin, si puedes recordarselo tú...

- Claro, Don Andrés. Luego se lo digo. ¡Buenos días!

- Buenos días.

El párroco camina de nuevo hacia su iglesia y a los pocos segundos se vuelve a oir maldecir, en voz queda, a la joven aprendiz de boticaria. Menea la cabeza y murmura “Ah, la juventud, que energía desplegada” mientras ultima los últimos metros hasta llegar a su iglesia que luce su aspecto de abandono habitual. A su alrededor se elevan, como dientes de gigante, las últimas piedras que han caído de la pared.

- Maldito lodazal... Señor Bendito, ¿a quién se le ocurrió fundar aquí la iglesia?

Comienza el cura a colocar las piedras en el montón, preparándoselas a Segismundo. Ya puede escuchar las protestas que esgrimirá el albañil (“Deberíamos probar en otro lugar, el firme es más malo que pegar a una madre”) y su previsible respuesta (“En este lugar se fundó la iglesia, aquí se consagró el terreno y se colocó la piedra fundacional, así que no podemos probar otro lugar”). Tan perdido está en sus cabilaciones que no ve a Ludovica bajar la calle en dirección a casa de los Clavijo.

La Negredo camina despacio, parándose cada pocos pasos. Dicen en el pueblo que ultimamente su salud no es muy buena y que cada vez necesita más de la ayuda de su hijo Ciriaco. Indiferente a estas cuestión, la mayor de las Señoras termina su paseo delante de la puerta de los Clavijo. Allí la esperan las tres Señoras, que la saludan sin dejar la conversación que tienen entre manos.

- Te digo que no es normal, que mi hermana está que trina con este tema. Y no te quiero decir nada de los Montenegro... -termina Calista Ybarra con los brazos en jarras.

- Mi hermana me dijo que amenazaron con abrir la cabeza a los que entraran en sus tierras-contesta Teodora mientras abraza ligeramente a Ludovica

- ¿Estáis hablando de los mojones?-pregunta la Negredo, aún recuperando el aliento

- ¡De qué va a ser!-responde Adela-¡Bastante tengo con la boda como para encima tranquilizar a mi padre, que el pobre está refunfuñando todo el día!

- Sí, mi hijo también está preocupado. Por lo que me contó los movieron sin ton ni son, solo por fastidiar-interviene Ludovica que no quiere quedarse sin decir nada.

- Pues menuda han liado, a ver cómo se soluciona todo.

- Pues cómo va a ser, con un poco de mano izquierda y dejando tranquilizarse las cosas.

- ¿Y no volverá a pasar?

- Pues espero que no o la que se lirará será gorda, que ya oí yo que hubo chispas, igual tenemos que hacer una visita para tratar de calmar las cosas

- Pues será después de la boda, que antes tendremos lío

- Claro-contesta Calista-, espero que no te importe, Adela

- En absoluto, es lógico; es labor de las Señoras comprobar que todo está correcto antes de la boda... aunque os prometo que mi hija llega entera.

- Claro que sí, pero ya aprovecharemos para dar unos consejos de la noche de bodas, ¿verdad que sí, queridas?-responde Ludovica

- Por supuesto, por supuesto. Ya me hubiera gustado a mí que me dieran buenos consejos cuando me casé. Recuerdo que estaba tan asustada que me puse...

Dejamos la incertidumbre de las Señoras para trasladarnos al campo donde entrenan los Mayos. Es Buenaventura Negredo quien grita ahora con voz firme, la mano sobre el bastón que le sirve de apoyo.

- Joder, Fausto, mira que te lo tengo dicho. ¡Que no des la espalda a tus enemigos!

- ¡Pero era para despistarles!

- ¡Pero no ves que así te puede meter Sebastián el palo desde el culo a la garganta! A ver, prueba otra vez. Así, mirándole a los ojos, no a la mano. ¡Y tú, Ciriaco, dejad de aporrear el palo de Prudencio, coño, ¡que no es una puta piñata!

- ¡Funciona!

- Funciona, funciona, ¡tu cabeza es la que no funciona! Con esos golpes dejas el pecho al descubierto y si Prudencio fuera más espabilado ahora estarías con un trozo de madera atravesando tu garganta, ¡redios! Mira a Venancio, te tenía tan enfilado que me dan ganas de cogerle el palo y rompertelo en la cabeza, ¡por respondón!

- Pero capitán-murmura Fausto

- ¡Ni capitán ni ostias! A ver... a ver, Ybarra... dime qué es lo que os dije el primer día que os entrené.

- “Cada equivocación es una muerte”

- ¿Qué más, Vinuesa?

- “Cada uno vigila la espalda de su compañero”

- ¿Montenegro?

- “Si un compañero cae... otro lo levantará”

- ¿Y tú, Clavijo?

- “Cada equivocación es una muerte”

- Bien, ¿y para qué cojones estamos aquí? ¿Para divertirnos? ¿Para que las mujeres nos amen? ¿Negredo?

- …

- Ciriaco, coño, ¡que te estoy hablando a tí!

- Ostias, Buenaventura, pues dilo, tanto Negredo, Negredo, coño, ¡que los dos somos Negredo!

- ¡Que para qué estámos aquí!

- “Para defender al pueblo”

- ¡Exacto! Vosotros tenéis vuestros bastones, yo tengo la espada. Os puedo asegurar que si yo no soy digno de llevarla encima, vosotros menos. Perteneció a un hombre mucho mejor que nosotros que ya no está aquí. ¡Y honraremos su memoria! Y ahora... ¡a correr!

- No...

- Ostias...

- Que tengo que ir a cenar...

- ¡Me Cago En La Puta Y En La Madre Que Parió A Nuestro Señor Jesucristo Y Amén! ¡A corred, ostias ya!

Los Mayos comienzan su trote cochinero en dirección al pueblo al tiempo que Don Andrés llega a la reunión de las Fuerzas Vivas. Como de costumbre se realiza en la casa de los Negredo, donde aguardan el alcalde Isauro Negredo, la partera Úrsula Montenegro, el boticario Diego Clavijo y la maestra y notaria Angelina Vinuesa.

- Vamos, Andrés, que iba siendo hora.

- La iglesia no perdona, Isauro

- Ni el desayuno, ¿verdad párroco?-es Úrsula quien habla, como de costumbre con sorna del cura.

- Haya paz-tercia Angelina-, a ver, ¿cuales son las nuevas?

- El río-habla Diego-, apenas baja agua. Dice Nemesio que es por un árbol que haciendo de balsa.

- ¿Dentro o fuera del pueblo?

- Dentro, Isauro, dentro. Si no tendríamos un problema.

- Ea, pues a ver, yo creo que puedo convencer a Buenaventura de que envíe a Ciriaco. ¿El resto?

- Digo yo que a mi abuelo no le importará que vaya Fausto. Lo comento con él-responde Angelina

- Me costará convencer a Pepa de que envíe a nuestro hijo, por si se desgracia para la boda-contesta Diego-. Igual me toca ir a mí.

- A nosotros nos afecta especialmente, por el tema de las pieles-dice Úrsula-, puedo pedir a Ezequiel que nos mande a Sinforoso, o a Prudencio.

- Mmmm... no sé como estará mi hermano Segismundo, creo que los últimos vientos han levantado bastantes tejas...-murmura Andrés

- Pregunta entonces a Isabel, y recuerdale que es por un bien mayor-le interrumpe el alcalde, mientras juguetea impaciente con las llaves de Valdegrajos. El ritmo metálico se confunde con las primeras gotas que lluvia que empiezan a caer sobre el tejado de la casa

Se acerca la tormenta.

- ¡Me mago en todo lo que se culea!-gruñe Virgilio al tiempo que cubre la efigie con tela de saco-¡Difusamente hoy que las había lampado!

El cremador sube a toda prisa la cuesta, la escoba y el fardo bien agarrados. A medio camino tropieza y cae, y del propio impulso vuelve a levantarse.

La figura solitaria recibe las primeras gotas sin inmutarse. Como siempre ha hecho.

 

En el camino

- ¿Entonces?-pregunta Eterindu, cotilleando la figura arrodillada de Khâlid

- Está rezando a su Dios-escupe Amadeo

- ¿Y lo tiene que hacer sentado?-vuelve a preguntar el músico

- Es... tradicional. ¿Es que en el circo no tenéis tradiciones?-pregunta Alfonso

- Bueno, todas las mañanas nos limpiamos y arrastramos a Tâleb fuera del carro. ¿Eso cuenta?

- ¡Camina, fiera corrupia, por la gloria del Altísimo!-grita León, visiblemente molesto

- No parece que funcionen las menciones, querido-le responde Fedora mientras baraja las cartas una vez tras otra.

- Mal tiempo teníamos y mal tendremos. ¡Escupid todos por encima del hombro izquierdo, a ver si nos quitamos este sanbenito de encima!-grita Altäir

- ¡O poneos a cubierto!-responde Tâleb, con una sonrisa- ¿Y Nunn?

- Allá atrás, despidiéndose del campamento

- Qué mujer más rara...

Nunn apaga los últimos restos de la fogata con arena mientras musita una plegaria.

“Protégenos en nuestra senda, deja que nuestro camino nos lleve a nuestro destino”.

Después se da la vuelta y da dos pasos fuera del campamento abandonado. Luego gira la cabeza y sonríe. De nuevo encarada frente al claro hace una profunda reverencia.

“Gracias”.

El camino es largo y no se ven rastros de civilización en la distancia. De muy lejos llega el rugir de un trueno.

La tormenta se acerca.

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