Regalos

Este pequeño texto nace con dos finalidades: extender algo de información sobre el pueblo y recordaos que aprobasteis en mayoría el dar regalos a los novios :)


En Valdegrajos

Venancio Clavijo contempla los giros de la rueda del molino con los ojos aún pegados de sueño. Su madre Pepa se afana echando agua a la piedra, vigilando que no se caliente demasiado.

- ¡Venancio, coño, despierta, que necesito ayuda!

El muchacho se asusta y da un salto hacia atrás, obligando a su prima Felisa a hacer un quiebro de cintura para que la bandeja de pastas no termine desparramada por el suelo.

- ¡Primo! Ya podías tener más cuidado, que digo yo que un futuro marido no se puede comportar como un muchacho toda la vida, ¿no?

Felisa, hija mía, no te metas con tu primo-responde Teodora, aún con las manos pringadas de masa.- No me extraña que esté ensimismado, ¡se casa! ¡Una boda en Valdegrajos!, ¿cuanto tiempo hacía que nadie se casaba?

- Creo recordar que diez años, ¿verdad?-contesta Diego-¿La boda de Isabel Ybarra con Javier, el hijo de de NemesioGarijo?

- Así es, si me permiten interrumpirles -murmura Don Andrés, el párroco del pueblo, que llega en ese momento-. Su muerte fue una terrible tragedia en la familia. Pero en fin, son cosas que pasan y Dios lo tendrá en su seno, ¿no es verdad? Les traigo aquí el trigo para que le den una pasadita, si son tan amables...

- Hay que ver, Don Andrés, usted siempre es el primero en venir a por harina

- Dicen que la mejor harina se hace cuando la piedra aún está fría, querida Felisa. Y hablando de bodas, ¿han pensado ya en el regalo que le harán a la novia?

- Pues fíjese que ayer mismo lo estábamos comentando, Don Andrés-responde Pepa-. Mi hijo dice no tener idea de qué podría gustarle a su futura esposa. ¿Y ustedes, piensan regalarles algo a los novios?

- Como es tradicional, aunque sospecho que de eso se ocupará mi hermana Calista que es quien...

Una algarabía deja con la palabra en la boca al párroco, que mira por la ventana para ver a Virgilio Negredo atravesando la calle mientras tironea de su hermano Ciriaco.

- Que te digo que da mal fario, Virgilio. Que yo soy hermano tuyo y hago lo que sea por la familia, pero ahí dentro no me metes.

Ciriaco, , por sabor. Te digo que tono hay que levantar la esfigie un poquito, pero piensa demasiado para mÍ...

- ¡Ea!, Virgilio, que no, que esas cosas me dan dentera-se enfurruña Ciriaco, las piernas bien separadas sobre el suelo de la calle, inamovible como una gigantesca mole de piedra.

Virgilio gesticula, se lleva las manos a la cabeza, después las junta. Es inútil; sabe que su hermano ha tomado una decisión y cuando lo hace es tan imposible como el sol del verano.

- ¡Muchachos! ¿Qué ocurre?.

Es Sebastián Ybarra, compañero de Ciriaco en los Mayos quien pregunta, con las manos ocupadas llevando un fardo.

- Ah, Sebastián, verás, mi hermano Virgilio dice que quiere ayuda para mover las efigies. ¿Le puedes echar una mano?

- ¡Pues claro! ¡Cualquier cosa mejor que estar en casa! Con la boda tengo revolucionada a la mujer y a la cuñada, que no hacen más que gritar, coger ropas y discutir del regalo.

- ¿También? Nuestra madre anda igual, preocupadísima.

¡Sebastián!-se escucha en la distancia-. ¡Sebastián!

- Compañero, parece que te reclaman.

- Sin duda mi esposa ha pensado en una nueva idea para el regalo. No le bastaba con hacer los arreglos a los vestidos de las mujeres, no....

- ¡Sebastián!

- ¡Ya voy, demonios, ya voy!-rezonga el Ybarra mientras sube hacia su casa, dejando a los Negredo en su discusión sobre las efigies. No tarda mucho en llegar, para encontrarse con Isabel Calista en la habitación del torno de barro.

- Iba siendo hora, ¿donde ibas con el fardo?-pregunta Isabel con las manos metidas en la arcilla.

- Pues donde voy a ir, a llevárselo a Segismundo.

- Bueno, pues espera un poco, que tenemos que hablar del regalo de los novios-sonríe Calista, entusiasmada.

- Ay...

- ¡He tenido una idea!

- Lo imaginaba. Como las otras treinta veces. Podrías dar ideas para regalar a todas las novias de Valdegrajos de aquí a cien años.

- Quizás podríamos venderlas-responde Isabel, con los ojos brillantes.

- Pues no es mala idea-responde Sebastian, mientras hace cálculos.

- ¿Vender? ¿Vender el qué? ¿El dichoso saco que me tenías que traer?-es Segismundo quien habla, el pelo alborotado y cara de sueño

- Pero hermano, ¿aún no te habías levantado? ¡Si Sebastian iba a buscarte!

- ¿Y qué quieres, si Andrés me tiene toda la noche levantado y estudiando? Que digo yo que estoy mayor para ser monaguillo, leches.

- Pero alguien tiene que serlo-le responde Isabel en susurros.

- Lo sé, Isabel, ya lo sé. Simplemente... que podrían nacer más niños en Valdegrajos.

- Yo desde luego lo agradecería-dice una voz procedente de la puerta. Es Angelina Vinuesa, que espera convenientemente hasta que Isabel le hace un gesto para que pase.

- No quería molestar...

- ¡No es molestia! A ver, ¿Qué ocurre?

- Pues verás, se nos han roto algunas tejas de la casa...

- Sí-responde Calista-, les ha pasado a varios del pueblo. El viento sopla fuerte estos días.

- Sí, es cierto. Una teja estuvo a punto de abrir la cabeza a mi sobrina Aurora.

- ¡Vaya por Dios!

- Como le cuento.

- Y dígame, Angelina-sonríe Sebastián, mientras lanza una miradita a Calista-, ¿han pensado ustedes en el regalo que le van a hacer a los novios?

- ¿El regalo que...? ¡Ah!, pues no, la verdad, y hace bien en recordármelo, ¡que se me había olvidado! Me marcho corriendo, que tengo cosas que hacer y tengo que hablar con mi hermana Adela de este asunto. ¡Gracias!

- Pero...-dice Sebastián

- Gracias de nuevo-grita Angelina, ya corriendo calle abajo.

- Dicen que las Vinuesa son de armas tomar. Como poco, son de pies ágiles-murmura Segismundo.

- Tú sabrás, hermanito, si en tus tiempos te ligaste a alguna de las Vinuesa-se ríe Isabel, de nuevo con el pie en el torno.

Angelina llega a su casa con el corazón galopando en su pecho. Inmediatamente comienza a llamar a su hermana.

- ¡Adela! ¡Adela!

- No está, ha salido poco después de ti-contesta Sebastián Vinuesa, el herrero del pueblo justo antes de romper a toser.

- ¡Padre! ¡Ya le he dicho que se quede en la cama un rato más por las mañanas!

- ¿Y dejar a Fausto todo el peso de la forja? Ni hablar, Angelina, un padre de familia ha de hacer lo que tiene que hacer. En fin, si buscas a tu hermana ha ido con tu sobrina Cecilia a ver a Ludovica Negredo. Pero antes de ir hacia allá ayudame a llevarles algo de comer a Fausto y a Aurora.

- ¿Aurora está en la forja? Mira que le tengo dicho que tenga cuidado, que luego no hay Dios que limpie las manchas de hollín.

- Deja de rezongar y ayudame, anda.

- En fin... a le tocará frotar de nuevo...

Cuando llegan a la puerta de la forja les llega el conocido aroma de metal recalentado y carbón ardiendo. Fausto está plantado frente a su hermana Aurora, blandiendo una madera chamuscada.

- Entonces, como te digo, te colocas de lado y ¡zás!, golpeas de frente. O ¡zás!, golpeas con el filo. Y entonces...

- … y entonces el trabajo de la mañana se echa a perder por no vigilar el fuego. Fausto, ¿qué hemos dicho de despistarse?

Fausto se pone lívido primero y después del color de la grana, y rápidamente se pone a trabajar.

- Es culpa mía, abuelo-dice Aurora-, fui yo quien pidió a Fausto que me explicara lo que le enseñaban en los Mayos.

- Como ya le dije una vez, los Mayos no pueden interrumpir el trabajo, ¿No es cierto, Fausto?

- Sí, abuelo-murmura su nieto, encogido delante del fuego.

Se escuchan tres golpes en la puerta

- Pasa, pasa Prudencio-sonríe Aurora, dejando sitio al Montenegro-. Hace tiempo que no te veíamos.

- Sí... mucho trabajo en el monte... las piezas se resisten a caer.... he venido por si podían arreglar este cepo...

- Déjame verlo-y Sebastián coge el fragmento retorcido con aire experto-. Partido, efectivamente. Ultimamente os dan guerra, ¿verdad?. En fin, vente a la tarde a ver lo que puedo hacer. ¿Te viene bien?

- Creo que tengo que preparar las pieles... ¿mañana?

- Mañana pues.

- De acuerdo. Fausto, ¿te veo en el campo?

- ¡Un mayo nunca falta a su misión!

- Allí nos vemos, entonces.

Angelina Prudencio llevan el mismo camino y bajan en silencio por la calle del pueblo. A medio camino Agelina parece que va a decir algo pero se queda callada. Prudencio acelera el paso, nervioso, y llega antes a casa de los Negredo, desde donde llegan las voces de varias mujeres que están bordando en la puerta del taller de Buenaventura.

- Ya se lo digo yo, Ludovica, que no necesita hacernos un regalo

- ¡Cómo! ¿Cuando se ha visto que un Negredo no regale a los novios en una fiesta? De eso nada, Cecilia, vamos a cumplir y de sobra. ¡Ya verán, ya! ¿Verdad, hijo mío?

- Sí, madre-responde la voz de Buenaventura

Doña Ludovica, mujer, que no es una competición-suplica Cecilia antes de que su madre la agarre del brazo y niegue con la cabeza.

- No insistas, hija, que Ludovica y yo nos conocemos bien, que hemos visto crecer a todos tus amigos.

- Bien que dice Adela, sí señor. Mal negocio el que tenemos las Señoras de Valegrajos, preocupadas por todas vosotras y criando fama de cotillas.

- Bueno-interviene Angelina-, algo de verdad hay en eso.

- Eso es cierto-vuelve a sonar la voz de Buenaventura.

- Hermana, por favor-responde Adela, ignorando al jefe de los Montenegro-, no empieces tú también a marear.

- Tía, mi madre tiene razón, si la profesora no entiende las obligaciones de las Señoras, ¿quien lo va a hacer?-preguntaCecilia levantando la vista de la labor.

- Dejar de dar la...-la voz de Buenaventura se interrumpe cuando su madre cierra juiciosamente la puerta.

- ¡Chist!, ¡niña!, ¡a bordar! ¡Que la mantilla no se hace ella sola! Ya es bastante que Calista nos ayude a preparar los trajes, no vamos a pedir también que haga algo que podemos hacer nosotras.

- Sí, madre.

Adela, ¿sabemos qué le vamos a regalar a tu hija? Porque a mi no se me había ocurrido... perdona, sobrina.

Cecilia pone los ojos en blanco.

- No es necesario...

- … sí, lo he pensado, Angelina, tú tranquila. Es una sorpresa. Venga, siéntate aquí y échanos una mano, ¿recuerdas como se hacía?

- A duras penas, pero todo sea por ayudar, al menos mientras no llegue el alcalde. Ludovica, ¿sabe si le queda mucho a su hijo Isauro?

- Pues no lo creo, estaba terminando de hablar con el Garijo. Ah, ¡mira! ¡Ya salen!

- … como te digo, Nemesio, no te preocupes que no saldrá nadie de los límites. Ya sabes cómo es eso.

- Sí, Isauro, y como lo sé te lo digo. Pasan unos años y la gente olvida. No es la primera vez...

- Lo sé, lo sé, pero para eso estamos aquí, para recordárselo a la gente. ¡Buenos días señoras!, ¿cómo están ustedes hoy? Veo que bordando. Excelente. ¡Ah!, y también el silencioso Prudencio, dime, ¿Has venido buscando a mi hermano?

- No, señor, venía buscando al señor Nemesio, que me dice mi hermano Sinforoso que quería verle.

- Voy, entonces. Recuerda lo que te he comentado, Isauro. Buenos días, señoras. Venga, Prudencio, vamos a ver a tu familia. ¿Cómo está Cayetana, por cierto?

- Madre está bien... algo cansada, como siempre, pero bien.

- Me alegra oírlo. Mira, ya que me acompañas, échame una mano con el fardo, que ya voy para viejo y me cuesta seguir el ritmo. ¿Cómo va la familia, entonces?

- Pues supongo que como siempre, señor. En el monte, cazando, despellejando, curtiendo, ya sabe, esas cosas.

- Sí, no han cambiado mucho desde tiempos de Clemente.

- Supongo que no, señor. Ala, ya estamos, espere aquí un momento que aviso a Sinforoso.

- ¿No es preferible que pase?

- Casi mejor que no.

- ¿Seguro?

- Sí, señor, espere aquí que enseguida sale.

- Muy bien.

Nemesio espera, mirando con curiosidad unos ejemplares de árbol, cuando escucha un conversación que viene del bosque

- ¿Entonces?-el que habla es Ezequiel Montenegro, jefe de la familia Clavijo mientras Cayetana está enferma.

- ¿Y a mí que me importa? ¿Por qué no preguntas a Úrsula? ¡De regalos sabrá más, que para eso es mujer!

- Señores-murmura Nemesio

- Mira que bien, el herbagante. ¿Vienes a ver a Sinforoso, anciano?-pregunta Santiago

- … así es.

- Buena cosa, lo agradecemos-responde Ezequiel lanzando una mirada furtiva a su hermano

La puerta se abre para dejar salir a Sinforoso y a Úrsula, que hablan en susurros

- Entonces, ¿de acuerdo?-pregunta Sinforoso en voz baja.

- De acuerdo, de acuerdo. Pensaré en algo-suspira Úrsula y sonríe al herbagante

- Hola, Nemesio. ¿Tienes algo para mí?

- Temo que en esta ocasión vengo por tu hermano, hija mía

- Sí-responde rápidamente Sinforoso-, se me terminaron las hierbas para tintar la piel. ¿Te quedan algunas?

- Lo dudo, creo que traje las últimas que tenía. Pero mañana salgo al monte, puedo buscarlas.

- Te estaría agradecido. ¿Qué necesitas?

- Bien...-Nemesio deja caer el brazo, mostrando un zurrón de cuero que se cae a pedazos-, me vendría bien un nuevo morral...

- No digas más, herbagante-es Ezequiel quien responde-, Sinforoso empezará a prepararlo ahora mismo.

- Total, poco más tiene que hacer-tercia Santiago

- Recuérdamelo cuando te hieles las pelotas en el monte-responde Sinforoso con una risotada

- Cabrón...

En el camino

El fuego consigue sobrevivir como puede a la molesta llovizna que lleva calando a los viajeros por más de una semana.

- Dichosa lluvia-murmura Eterindu-, ¿es que nunca piensa parar?

- ¿En esta época del año?-responde Altâir-. Lo dudo mucho

- No perdamos el hilo, que la conversación era amena-interrumpe Tâleb mientras remueve los maderos-. Entonces, ¿Cuál cree que sería un buen regalo para una mujer?

- Pues como le iba diciendo-continúa Khâlid-, considero que el mejor regalo que puede hacerse a una dama es una buena joya, cara y facetada. Estoy convencido de ello.

Amira no dice nada, pero arquea las cejas y se señala a sí misma, su garganta, sus muñecas y sus dedos. No lleva ninguna joya encima.

- Joyas, joyas, siempre igual, todo el mundo va a lo fácil-contesta León-. Yo escribiría unos versos que harían recordar a esa mujer en los siglos venideros. Todos los poetas recitarían las palabras destinadas a engrandecer...

- Que sí, que sí, León, que ya lo sabemos-rezonga Amadeo-. Pues mire, yo la verdad es que ya le hice el mejor regalo que se puede hacer a una mujer, hace muchos años: por impresionar a una moza me subí a un caballo para demostrar mi gallardía y a punto estuve de morir, o de quedarme sin riñones. Aún hoy no estoy seguro de si...

- Por favor, Amadeo-vuelve a interrumpir Khâlid con la mirada sombría-. No eres el único que ha ofrecido lo mejor que tenía a una mujer, y lo ha perdido. Me refería a regalos más mundanos...

- Bueno, yo una vez regalé una estatua griega a una dama... bueno, al menos a una mujer-sonríe Alfonso.

- ¿Cómo?

- ¿Qué?

- Bueno-murmura de nuevo, avergonzado-, fue después de una borrachera, me dijeron que no tenía huevos para arrancar la estatua del rectorado y...

- ¡No haría usted eso!-grita León, visiblemente consternado

- Que te sientes, León, y no grites, a ver si vas a atraer a alguien.

- ¿A quien, mi fiel Amadeo? ¿En este culo del mundo? ¿Quien crees que...

- Un barco-sonríe Nunn

- ¿Un barco?

- ¿Un barco?

- Lo mejor para regalar a una mujer... un barco.

Durante unos segundos solo se escucha el sonido de la lluvia al caer sobre la lona.

- ¿Y usted, señorita Fedora?-pregunta Eterindu-, ¿cual cree que es un buen regalo para una mujer?

Fedora sonríe sin apartar la vista del fuego

- El mejor regalo que se le puede hacer a una mujer-responde-, es el de darle un hogar donde refugiarse en los días de lluvia.

- Gran verdad-termina Amadeo

- Sí que lo es-contesta Altäir-. Y ahora vamos, gandules, ya está bien de cháchara. Vamos a seguir camino, que a algún sitio tendremos que llegar.

Los carromatos inician su pesado recorrido. De la presencia de los viajeros solo queda una hoguera con una fina columna de humo que pasado un tiempo, se desvanece.

 

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