La tormenta

I

Como todos los días, Virgilio se acerca para comprobar el estado de las efigies. Con el invierno ya tan cercano cada vez hace más frío y el cremador no deja de protestar, repitiendo las palabras de su maestro Ramón. “Si ya lo mecía yo, que las endivias deberían ayunar con esto, al menos una vez por serraba”, murmura mientras refrota la piedra antes de pasar la escoba para quitar la hojarasca. Cuando escucha el trueno deja de hablar y mira al cielo, acusador.

- No habrá millones a ponerse a mover ahora, no me fantasies

Un chaparrón instantáneo contesta a su pregunta. Los cielos de Valdegrajos se llenan de lluvia y de rayos y el cremador de Valdegrajos maldice al fundo y al ministro que lo fundió, mientras saca la aguja y el hilo para coser un desgarrón de la efigie.

 

II

- ¡Joder, joder, joder, joder!-grita Amadeo mirando hacia atrás, los ojos desorbitados.

- Amadeo, ¡corre y calla!-responde León, con el pecho manchado de sangre y los ojos enturbiados por el dolor.

Fedora y Amira llevan a cuestas a un Altäir conmocionado, su brazo extendido en dirección al bosque. Khâlid arrastra sus fardos demostrando una fuerza extraordinara o una desesperación absurda. Parece estar llorando. Tâleb y Alfonso cargan también con lo que pudieron recoger de las carretas. Nunn corre con la mano apretada sobre el costado herido, acompañada de Eterindu, que mira de vez en cuando sus manos manchadas de sangre.

Desde el bosque llegan lejanos gritos de furia.

… vengeance

Y el cielo sigue tronando.

 

III

La lluvia se suaviza y el cremador apura la última puntada. Maldice de nuevo, el puño en dirección al cielo. “Agora, agora, dejas de mover, pija de muta”.Tan absorto está en sus lamentos que no escucha el entrechocar de las ramas al partirse, ni el murmullo de los pies sobre las hojas muertas.

IV

- No podemos seguir. Esperemos-jadea León. Los viajeros dejan caer los fardos y a sus camaradas heridos. Fedora tiene la cara marcada por un golpe, la herida de Nunn no parece demasiado seria. La tormenta arrecia y los viajeros, agotados, comprueban sus pertrechos. Han perdido mucho pero al menos están vivos, las mulas no fueron tan afortunadas. En el bosque aún se escuchan gritos de rabia y lamentos.

- ¡Coño! ¿Y esto?

Eterindu mira fijamente la extraña efigie de piedra que descansa a una veintena de metros. Junto a ella, un muchacho observa con los ojos muy abiertos a los recién llegados.

V

- Pe... pe... pe...

Virgilio sale corriendo gritando con todas sus fuerzas

- ¡Exhiliados!

Baja la cuesta y asoma la cabeza en casa de los Montenegro. Úrsula calienta la marmita, Sinforoso repasa los bordes de un trozo de cuero. 

- ¡Exprimidos!

Vuelve a correr y los Montenegro se miran. “¿Qué ha dicho?”, preguntará Sinforoso. Úrsula contesta mientras se limpia las manos. “Ha venido alguien al pueblo” dice con tono de no creer sus propias palabras.

En casa de los Negredo se escucha el rítmico serrado de la madera. Ludovica, algo pálida, se afana con la escoba en la entrada. Cuando Virgilio llega sonríe. “Ah, querido, ¿podrías traerme huevos para el juego de...”. Pero su hijo no hace caso, se acerca, la coge de los hombros y grita.

- ¡Extenuantes!

Y sigue corriendo. En el fondo de la casa se detiene el ruido y Buenaventura sale sacudiéndose el serrín a toda prisa mientras pregunta. “¿Donde demonios metí la espada?”

De la forja de los Vinuesa emergen tintineos acompasados y canciones de herrero. Adela corre de un lado para otro en la casa, persiguiendo a sus hijas para hacerles los últimos arreglos. Virgilio se permite un jadeo sudoroso y vuelve a gritar, quedándose sin aire.

- ¡Estornudos!

Las hermanas Vinuesa olvidan por un instante a su madre y se miran, asustadas. “Alguien ha llegado al pueblo”. “No puede ser”. “Si Virgilio lo dice...”. Adela las mira de soslayo y traga saliva. Con esto no había contado. ¡La boda!

Teodora y Felisa colocan bandejas, moldes y rodillos. Mañana se levantarán muy temprano para preparar las pastas que se repartirán en la boda. Virgilio entra en la casa como una exhalación y, ahora con la voz tomada vuelve a repetir.

- ¡Extinguidos!

Sale de la casa ya andando sin resuello y se dirige a casa de los Ybarra. Baja la calle del centro tropezando, se detiene en la puerta de los últimos vecinos. Isabel le mira sin saber lo que está pasando. Virgilio, con sus últimas fuerzas, pronuncia.

- Extenuad... 

- Exhonera... 

- ¡Extranjeros!-termina, los brazos señalando el cielo.

Nemesio Garijo, en el bosque, levanta la vista. El viento ha cambiado. La tormenta ha llegado a Valdegrajos.

VI

Tâleb se frota las manos temblorosas y rompe el silencio.

- Bueno, señores, hemos llegado por fin a donde quiera que estemos.

- A mi me parece un pueblo-le contesta Amadeo con cierta sorna.

- Pueblo o no, tenemos suerte. Podríamos haber equivocado el camino. Podríamos...-Fedora no termina la frase.

- ¿Todo bien?-pregunta Altäir, mirando uno a uno a sus compañeros de viaje. Todos asienten, golpes y arañazos. Nunn camina de un lado a otro, maravillada por las flores de brezo. 

- ¿Bajamos al pueblo?-pregunta Alfonso, que no deja de mirar por encima de su hombro.

- Sería mejor esperar-responde Khälid mientras organiza el contenido de sus bultos.

- Sí, será lo mejor. Mejor esperar a ser invitados.

Amira hace un gesto a su hermano Eterindu, que pregunta.

- Tâleb, ¿no será peligroso estar aquí?

El jefe del Circo se encoje de hombros.

- Seguramente no, o nos habrían avisado.

 

VII

En grupos y en solitario, corriendo, andando, renqueando incluso, llegan los vecinos de Valdegrajos para ver a los extranjeros. Se colocan primero las Fuerzas Vivas, el alcade Isauro, la maestra Angelina, el boticario Diego, el párroco Don Andrés y la partera Úrsula. Detrás de ellos, empujando, los jefes de familia, Buenaventura, Isabel, Sebastián, Pepa y Ezequiel, todos vigilando a los extranjeros.

Tâleb se levanta y mira alrededor. Carraspea.

- Bien... no todos los días provoquemos un interés tan numeroso... Saludos, ¡saludos a todos!, ¡les saluda el Fabuloso Circo Laberinto!

Un fardo cae al suelo con un ruido sordo. Se escuchan murmullos entre los vecinos, que desaparecen cuando Isauro comienza a hablar.

- ¿Vienen ustedes de... afuera?

- Sí, caballero, y debo decir que hemos sido atacados por unos bandidos que a punto han estado de acabar con nuestra vida y que, de hecho, se han quedado con buena parte de nuestras posesiones.

“Franceses”, se escucha alrededor, palabra que prende como el fuego. La gente se remueve inquieta. Algunos retroceden, los Mayos agarran sus bastones, miran alrededor, vigilan a los extranjeros, en especial al hombre de la espada enorme. Parece que el alcalde va a decir algo pero...

- León, ¿qué cojones haces?

León da dos pasos al frente,  echa hacia atrás el sombrero y suelta el cinturón que le ciñe las espada. Con los ojos entrecerrados coloca su cruz en los labios y comienza a hablar.

- Juramos por los penates de Nuestra Casa, juramos por Dios los Cielos y por su Hijo en la tierra, juramos por Nuestra Estirpe que mientras estemos bajo vuestra hospitalidad, esta espada solo saldrá de su vaina para enfrentarse a los enemigos de este pueblo, para proteger a vuestras gentes y a las nuestras. Que el Perjurio nos condene, que perdamos Nuestra Tierra si inclumplimos la palabra, si nos apartamos de ella. Así jura León de Asaitar, que Cristo lo tenga en cuenta.

León baja la espada y se la ciñe de nuevo. El silencio se apodera del pueblo. Los Mayos, que se acercaron cuando el extranjero sacó su arma, dudan y miran al alcalde Isauro, a su capitán Buenaventura. Durante unos instantes nadie dice una palabra... luego Tâleb vuelve a hablar, con la voz trémula.

- Sí, bueno... bien, queríamos pedir cobijo en el pueblo, si ustedes no tienen problema. 

Más murmullos. Isauro juguetea con las llaves, mira de hito en hito a los viajeros, después a las Fuerzas Vivas, a los jefes de las familias.

- Es la primera vez en mi vida que llegan viajeros a Valdegrajos. Viajeros además heridos, atacados por franceses... si no les dejáramos pasar estaríamos condenándoles a la muerte... también estaríamos llamando a los franceses, guiándoles hasta nuestra puerta. 

Silencio de nuevo, solo interrumpido por el tintineo de las llaves.

- Pasen. Hay una casa abandonada en la que podrán refugiarse. Es pequeña y hace años que nadie habita en ella, pero creo que podrán apañarla. Goteras no tendrá, espero, la reparamos justo antes de que muriera Ramón.

Vuelven los sonidos del pueblo, preocupados, perplejos y repletos de curiosidad. Las fuerzas vivas se van presentando, uno a uno, al igual que los viajeros. Este es Altäir, maestro de las marinetas. Fedora, adivina y echadora de cartas. Eterindu y Amira, los Hermanos de Fuego, malabaristas y músicos. Y Tâleb, maestro de ceremonias y narrador de historias del Fabuloso Circo Laberinto.

- Les agradecemos el ofrecimiento de la casa, pero preferímos nuestras tiendas. La gente como nosotros está acostumbrada a pernoctar al raso y no queremos molestar en demasía. Ahora bien, nuestros acompañantes quizás opinen diferente...

- Prefiero la casa-responde Amadeo-, ya me he congelado las pelotas durante demasiadas semanas en la tierra yerma.

Se escuchan risas disimuladas entre los vecinos.

- Suena bien eso de dormir con un techo sobre nuestras cabezas-contesta Khälid, el que llaman el Persa.

Cuando las Fuerzas Vivas se retiran llegan los jefes de familia, que se presentan a los del Circo y los que viajan con ellos. León de Asaitar, Amadeo Vargas, Khälid Bin Zîyadel Persa”, Nunn de Asait y Alfonso Cilleros. Caballeros, comerciantes, antiguos soldados, campesinos y estudiosos. Cada cual con una historia, cada uno con despierta curiosidad, miedo e interés. 

- Quisiera invitarles-dice Pepa-a la boda de mi hijo Venancio con su futura esposa, Cecilia Vinuesa.

El ofrecimiento asombra al pueblo, puede que enfurezca a algunos. Pero es su prerrogativa y derecho, como madre del novio invitar a quien quiera. Algunos miran a Diego Clavijo, como esperando que proteste. El boticario se encoge de hombros “ego valeo...” murmura, seguro como siempre que nadie sabe a lo que se refiere... pero la voz abstraída de Alfonso termina por él “... si vales bene est”. Hay algunos comentarios de sorpresa entre los de Valdegrajos, que durante décadas han estado convencidos de que Diego se inventaba esos latinajos. 

Presentadas las fuerzas vivas y los jefes de familia, es el turno del resto. Los del circo colocan las cuerdas de sus tiendas mientras responden a las preguntas de los vecinos. Los viajeros cotillean el pueblo, algunos asombrados, otros encantados con el descubrimiento. León comienza a lanzar cumplidos, lo mismo que Tâleb. Amadeo comenta su pasado como agricultor, Nunn y Eterindu pasean por el pueblo.

 

Pero de lo que hablan y murmuran, lo que confabulan y cuentan, lo que discuten y lloran, mejor esperar un poco, y todos tendréis una respuesta. 

 

 

 

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