Juegos

Queríamos agradecer a Sinforoso Montenegro (Khram) el tratado que nos hizo de "mi abuelo me cuenta que en su pueblo se jugaba a", que ha sido las base para la confección de estos juegos. Decir que hemos sustituído el juego de la madera por uno comprado, principalmente por ahorrarnos el trabajo, y que espero sabrá disculpar ese pequeño detalle :)


En Casa Clavijo

Aún no ha amanecido en Valdegrajos y todos los Clavijo están en pie. Pepa se afana en la limpieza del molino mientras su hijo Venancio va preparando los sacos de trigo que utilizarán durante el día.

- ¿Y esperas recibir muchas cintas?-pregunta Venancio, aún medio dormido, a su prima Felisa

- Una señorita jamás espera cintas, Venancio. Son los chicos los que se las dan.

- Pero llevarás un par de ellas en la cintura, ¿no?

- Por supuesto, pero eso será para que traten de robármelas, como es tradición, no porque espere que me las devuelvan-contesta Felisa con mucha dignidad, para después mirar de medio lado a su primo-. ¿Y tú cómo llevas la partida con tu suegro?

- ¿La de dominó? Bueno... Sebastián es el mejor jugador del pueblo. Pero ¡Con un poco de suerte seguro que le gano!

- ¿Ganar?-aparece Diego Clavijo en el marco de la puerta-. Hijo mío, tienes que entender que lo importante de esa partida hacer amistad con tu futuro suegro.

Felisa pone los ojos en blanco y suspira. Del fondo de la casa llega la respuesta de su madre, Teodora.

- Bueno, Diego, todos los que participan en los juegos se mueren por ganar, no solo tu hijo.

- ¡Ganan cintas! No es que se pueda hacer mucho con ellas. 

- Cariño-contesta Pepa, secándose las manos con un trapo-, aún no sé cómo te casaste conmigo, si no entiendes para qué sirven las cintas.

 

En Casa Vinuesa

El día despierta frío en la forja de los Vinuesa. Fausto acaba de terminar de calentar la fragua cuando su abuelo Sebastián entra por la puerta.

- Hola, abuelo, ya está todo listo. Oye, ¿Vas a dejar ganar a Venancio en la partida de dominó?

- ¿Dejarle ganar? Es tradición que el suegro se desquite de la pérdida de su hija dando una buena paliza en esa partida a su yerno. Puesto que voy a sustituir a vuestro difunto padre, pienso cumplir con la tradición al pie de la letra. ¡Faltaría más! En el resto de juegos los jovenes llevais las de ganar

- Bueno, también está el leño...

- Cierto, en el leño prima más la habilidad que la edad. Pero con estas manos que me han dejado tres décadas de martillear, creo que no tengo ninguna posibilidad. Aprovecha tú, que aún estás a tiempo.

- No sé... te diría que tengo más posibilidades de ganar en la competición de ser el más rápido comiendo huevos

- Eso será si te deja tu tía Angelina. En la última boda estuvo a punto de ganar a los Ybarra.

- ¿A los Ybarra? ¿La tía? Bueno, espero que no participe, que solo me faltaría perder contra ella...

- Torres más altas cayeron, te lo aseguro. Aunque Don Andrés es un duro rival, y también los Montenegro...

La conversación es interrumpida por un estruendo en la entrada de la casa. Cuando los herreros se acercan a mirar, pueden ver a las hermanas Vinuesa, Aurora y Cecilia, caídas sobre el suelo.

- ¡Cecilia!-grita Adela, enarbolando una escoba-¡Ten más cuidado! ¿No querrás aparecer en tu boda llena de heridas?

- Lo de la carrera de las tres piernas es más difícil de lo que parece-murmura Aurora a su hermana mientras se desatan la cinta.

- Sí, pero esta vez avanzamos un buen trecho sin caernos-responde Cecilia-, aunque no sé si Madre me dejará jugar. 

- Niñas, dejad de murmurar y echadme una mano, que luego vienen las Señoras a ayudarme con los bordados. ¡Angelina! Angelina, ¿donde te has metido?

Angelina no responde. Sentada en la despensa, observa desafiante media docena de huevos cocidos.

 

En Casa Ybarra

- Epa, epa, eeeepa-grita Isabel Ybarra, que se ha librado por unos centímetros de ser golpeada en la cabeza por una herradura.

- Ostí...¡cuidado!-contesta Segismundo

- ¡Me cago en tus muertos, Segismundo!  Madre mía, todas las bodas igual, desde que tienes diez años. ¡Pero si nunca has sido capaz de atinar al palo!

- ¡He mejorado! 

- Sí, sí, esta vez casi me abres la cabeza. ¡Y tú no te rías, Sebastián! ¡Si es que Dios los cría...!

- Cuñado, más vale huir, que amenaza tormenta. Tengo que buscar otro sitio donde practicar.

- Pero Segismundo-contesta Sebastián, aun riendo-, si tú y yo sabemos que no necesitas cintas, ¿para qué quieres ganar a la herradura?

- Llevo años intentándolo, desde que era un niño. Pero siempre termina ganando algún Negredo. Pero este año no. Este año ganaré yo... Bueno, o al menos trataré de quedar segundo.

 

En Casa Negredo

- Entonces, yo me rumbo en el muelo.

- Exactamente, Virgilio.

- Y tú me afeas por las pernadas.

- Por las piernas, sí.

- Y sales moliendo.

- Exactamente.

- ¿Y por qué no lo valemos al belén?

- Porque no creo que pudieras levantarme.

- No sé, no sé, esto es muy convexo.

- Es sencillo. Te cojo por las piernas y salimos hacia delante, y tú vas caminando con las manos.

- Sí, esforzadamente. ¿Pero por qué yo?

- Buenaventura no va a querer. Y supongo que Isauro menos. Venga, vamos a probar. Túmbate en el suelo.

- Esto no va a terminal viés...

 

En Casa Montenegro

- Pero , ¿tú estás seguro? Mira que Ciriaco es muy bruto...

- Mucho hablar y poco saber moverse, Ezequiel. A ese le saco yo del círculo, ¡por estas! Y si no, que lo haga nuestro hermanito el gigante

- ¿Y a mí por qué me metes en esto, Santiago?-responde Prudencio con los ojos desencajados-. Que yo entreno todos los días con Ciriaco y sé los empujones que puede dar.

- ¿Y por qué no te dedicas a comer huevos? Para una vez que te dan de comer gratis, habría que aprovechar, vamos, digo yo.

- ¿Cuantos son los que hay que comerse?-pregunta Sinforoso, pasándose la lengua por los labios.

- Tres, y gana el que más rápido se los termine y diga “he ganado” sin escupir migas. 

- Pocos me parecen. Diría que cinco.

- No vas a conseguir nadie que quiera comerse cinco huevos.

- ¡Cómo! ¡Si serán cobardes! ¡Cinco huevos! ¿Es que no hay nadie que tenga los cojones en su sitio? 

 

En el camino, llegando.

- León, tengo hambre-murmura Amadeo mientras mordisquea una corteza de cerdo reblandecida.

- Madre mía, Amadeo, todos los días igual. ¿Es que no puedes pensar en otra cosa? ¿Por qué no juegas a las cartas con Tâleb y Eterindu? Que lo tuyo no es hambre, es ansia viva...

- A las cartas pierdo siempre.

- Pierdes siempre porque eres un cabestro.

- Señores,curiosamente tengo una baraja que...-comienza a hablar Khâlid, pero es rápidamene interrumpido por sus compañeros.

- ¡No tenemos dinero!

- … de acuerdo, era solo una sugerencia. ¿Y una partida de ajedrez? La señorita Nunn tiene el aspecto de saber jugar...

- Sí-responde la mujer, volviendo la vista hacia el Persa-. De pequeña recibí lecciones.

- ¿Cómo?-grita León, con el tono de voz súbitamente alto.

- … aquí vamos...-murmura Altäir, mientras menea la cabeza de un lado a otro

- Ah, bella flor, querida sobrina. ¿Acaso os he explicado alguna vez que me batí en duelo de ajedrez con el mismísimo monarca? He decir que hacía trampas, pero no importaba... ¡yo las hacía más rápido! De hecho creo que este tablero fue el único recuerdo que me llevé del último lugar donde viví. Tenía un rival allí, rival de juego, se entiende, porque tenía otros rivales, que no eran de juego, pero tampoco jugaban al ajedrez. Pero espere, que me desvío. El caso es que cuando jugábamos me decía que...

Amira agarra un palo a medio quemar del campamento y se aleja unos metros. Dibuja con cuidado la forma de un caracol, que va dividiendo una y otra vez hasta hacer nueve separaciones. Se interrumpe al escuchar la voz de Fedora.

- Bonito infernáculo. De pequeña me decían que era mejor jugar de a dos. ¿Puedo empezar?

Amira se encoge de hombros y sonríe mientras Fedora sopesa en palo antes de lanzarlo hacia la tercera separación.

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