Valdegrajos, hoy

-Pero si las historias son innumerables -exclamó Bastián-, y en cada una aparece siempre otra.

Michael Ende “La historia interminable”


En Valdegrajos ya no quedan fantasmas. Y sin embargo, a los escasos habitantes que permanecen jamás les había parecido tan sombrío el pequeño pueblo. Ya no se oyen el ris-ras de la sierra en casa Negredo, ni el murmullo del molino en casa de los Clavijo. En la herrería, Fausto añora incluso los gritos de los Montenegro... o al menos las visitas de Prudencio. El Vinuesa suspira, mientras da forma con las manos desnudas, a una barra de hierro. “Era necesario que alguien permaneciera” -piensa- “¿Qué sentido tiene refundar Valdegrajos en el pasado si lo dejamos morir hoy?”

En la cocina Adela prepara la comida con parecida tristeza “no merece la pena cocinar para dos”, se lamenta, mientras remueve el puchero. Aferra la olla de metal sin ayuda de un paño; no alcanzará una temperatura que pueda abrasar las escamas de su palma. Pero cómo echa ahora de menos charlar con su padre, discutir con sus hijas, recordar con su hermana. Mira con desolación los dos platos encima del mantel, echa un vistazo al solitario camino... y empieza a llamar a gritos a su hijo.

Cuando Fausto sale corriendo de la herrería, alarmado, los ve también. Quizás treinta... personas no, eso seguro. Un pequeño grupo de cinco jóvenes se apiña a un lado; son altos y bien plantados, con rostros y torsos que darían envidia a una estatua, pero parecen cubiertos de un forro lanoso bajo las ropas andrajosas; las pequeñas pezuñas en las que terminan sus piernas de macho cabrío repiquetean en el empedrado como castañuelas. Se dan codazos mutuamente a la vista de los dos Vinuesa, sonríen; se yerguen y atusan con coquetería las cabelleras de densos bucles negros. Las miradas que les lanzan son puro incendio.  Una docena de lo que parecen niños con cara de anciano, bajo túnicas que alguna vez fueron vistosas pero ahora son un remiendo, corretean alrededor con la boca abierta. Ante los ojos asombrados de los Vinuesa, uno de ellos rueda por la cuesta y surge de la caída transmutado en gato negro, que salta y se acurruca asustado sobre un afeizar. Una muchacha muy alta y delgada de labios y ojos verdes sostiene en el hombro un gigantesco búho, que entrelaza las alas como si fueran manos y grazna una plegaria al cielo.  Una vieja que aferra un huso hace un gesto de atención al resto y se adelanta hacia Fausto y Adela. Sobre la cabeza sostiene, en equilibrio, un carro entero cargado de equipaje. No parece incomodarla, con una agilidad que nadie esperaría de su aspecto de anciana, dobla una rodilla ante los sorprendidos Vinuesa. Tiene los ojos llenos de lágrimas.

-¿Hemos llegado, mis señores? ¿Estas son las Tierras del Grajo?

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