Valdegrajos, entonces

Cuando Ludovica abre los ojos descubre que todo ha cambiado. Ya no hay casas, ni baranda, ni tampoco piedra de rastrillar. A su alrededor se extiende árboles, rocas y un denso olor a mantillo. Y sus hijos, cada uno con una pelambre vegetal que crece en su piel de corteza de pino. “Al menos estamos juntos”, se consuela, pero la voz atronadora de Buenaventura interrumpe sus pensamientos.

- Mayos, atención. Puede que se parezca a nuestro pueblo, pero no lo es.

Ciriaco se coloca detrás de su hermano con un gruñido que hace temblar la tierra.  Le acompaña Prudencio Montenegro, no sin antes pedir permiso a Ezequiel con un cruce de miradas.

- Son pocos ahora, cagondios-murmura Sinforoso, y es cierto. Fausto Vinuesa se quedó en el pueblo y Segismundo se fue con los del circo, como todos los Ybarra a excepción de Isabel.

- Da igual; ¿Quién se atrevería a enfrentarse a nosotros?-sonríe la alfarera, mostrando el agujero voraz que es ahora su boca.

- Quiá, no traigas la mala suerte-responde Teodora Clavijo con las agallas bien abiertas-. Nadie sabe quien ocupa estas tierras ahora.

Isauro Negredo da una patada a una piedra y la observa rodar pendiente abajo.

- No podemos quedarnos aquí todo el día. Tendremos que buscar leña, y comida. Como alcalde que soy vuestro, estoy en la obligación de conseguir lo mínimo imprescindible para sobrevivir. Y además...

- Hay peces cerca-le interrumpe Pepa Clavijo-. ¿Podéis notarlo? Ríen, y juegan en el río. Vuelve a haber agua, agua abundante. La tierra es fértil. ¿Verdad que lo es, esposo? La tierra vuelve a ser fértil.

Pero Diego no responde, aún maravillado con los cambios que se han producido en sus cuerpos. Se pasa las manos por el rostro azulado, acaricia su pelo aplastado, sus párpados enormes. Sonríe, ajeno a lo que le rodea.

- Vamos, padre, espabile que todavía tendremos un disgusto-le dice Venancio mientras evita mirar los ojos de pez de su padre. Ahora ya no forma parte de los Clavijo, su piel es correosa y facetada como la de una serpiente. Vuelve la vista hacia su esposa Cecilia Vinuesa, que chasquea las tijeras de su mano amputada y sonríe a su marido.

- Al menos tendremos hierro y carbón de sobra; las vetas no estarán ni abiertas-menciona Sebastián Vinuesa-. Pero Isauro tiene razón, tenemos que buscar algo que comer. En nuestro caso es sencillo, creo; cualquier animal crudo nos valdrá. ¿Vosotros?

- Pues señor Sebastián, a nosotros nos basta algo de agua clara y un poco de sangre-comenta Felisa Clavijo, después de mirar con sorna el escote de su prima Cecilia-. Y no creo que ninguno de los Negredo tenga problemas para conseguir... estiercol, o lo que quiera que coman ellos...

- Muy graciosa, Felisa. No se preocupe, Sebastián, que nosotros comemos también carne, y además, cocinada-responde Virgilio paladeando cada palabra bien pronunciada-. Así que sólo nos quedan los Montenegro... no sé si mi...

- No tientes tu suerte, primo, que aún hay cuerda para rato-Úrsula se pasa la lengua por unos dientes puntiagudos y amarillentos.

- Bueno, no lo hago, pero ya es hora de que...

- Silencio-susurra Santiago Montenegro, y su voz suena como el gruñido de un animal-. Dejad de quejaros y prestad atención. Huelo algo.

Los Montenegro imitan a su hermano y olisquean el aire con los ojos entrecerrados. Después  salen todos corriendo entre aullidos, algunos a cuatro patas. El resto del pueblo les sigue como pueden. A un kilómetro escaso, en las cercanías de la vieja escuela, encuentran los restos de una batalla; soldados de armadura y hombres vestidos con taparrabos, de piel clara y oscura, de ojos rojizos y verdes. Los Montenegro corretean entre los cuerpos, Ezequiel escoge las piezas con aire experto.

- Tendremos una buena reserva de alimento.

- ¡Cojones!-grita Ciriaco, enarbolando el hacha gigantesco-. ¿Qué coño ha pasado aquí?

- Una simple escaramuza, pasa a menudo por estos lares.

La voz que responde parece provenir del viento. Su propietario, un hombre de pelo entrecano que se apoya en un cayado observa a los del pueblo. Le acompañan dos hombres idénticos a los de ojos rojizos que yacen en el suelo. Idénticos en todos los aspectos, incluídas sus cicatrices y marcas de nacimiento. Uno de ellos se adelanta un paso y pregunta.

- Y vosotros qué sois. ¿Hombres, o monstruos?

Los del pueblo se miran los unos a los otros. Isauro carraspea de nuevo antes de saludar al Nuberu y a los representantes de la Sierpe

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