Mano izquierda

- No podemos adentrarnos más, señor-afirma el caravanero entre susurros-. Más allá de estas dunas, el desierto guarda espejismos... y cosas peores. No sé de nadie que se haya internado en él y haya vuelto.

Khâlid asiente, con gesto de complacencia. De su equipaje toma un largo rollo de cuerda de seda negra, una pala y un gran botellón de barro que vibra como si encerrara un infinito y furioso enjambre.

- Mantener el cordel tenso -instruye mientras se lo ata alrededor de la cintura. Antes de ponerse en marcha, cubre sus ojos con un pañuelo, recoge a tientas pala y botella y echa a andar sobre la inmensidad de dunas rojas. Sus pasos firmes levantan nubecillas de polvo rojo, fino como harina. Antes de desaparecer tras la primer loma, su cara y su vestimenta están cubiertos por completo, como  espolvoreados en sangre. Canturrea levemente mientras camina.

Al cabo de largos minutos de marcha, tres rápidos tirones le advierten de que la cuerda ha llegado a su fín. Palpa el suelo con dedos largos y finos, escoge el punto donde la arena es más firme y empieza a cavar. No parece acostumbrado a este trabajo. Entorpecido por la venda que le cubre los ojos, avanza despacio en su tarea y sus manos no tardan en sangrar. Sin embargo, no parece incomodado ni por las heridas ni por el zumbido que brota de la vasija, por más que su ronroneo condense en maldiciones, amenazas y susurros enfurecidos. Según pasan los minutos y el agujero se amplía, los susurros se hacen cada vez más frenéticos.

-....antesodespués. Eresmortalylimitado, tutiempopasará, yovivoeternamente y mevengaré, entusdescendientes, hastaelúltimo, aunquetengaqueborrartodavidahumanadepuntaapuntadelÉrebo....

Con un gruñido de satisfacción, Khâlid da por terminada su tarea.  El agujero es profundo, de paredes harinosas que amenazan con desprenderse de un momento a otro.

-...nopuedesdestruirme, soyunodelosprimeroshijos, misubstanciaeselpropioaire, mihogarelfuego....

Khâlid alza la vasija con ambas manos y da un par de pasos hacia el agujero

-BASTA. ¡¡¡¡BASTA!!!!! Por el Mas Grande lo suplico, hijo de Mansûr

Tras el grito, parece que hasta el aire y las dunas guardasen silencio. Luego el susurro en la vasija regresa, desprovisto de furia, convertido en un gemido.

-No lo hagas... puedo concederte todo aquello que sueñas... las mujeres más bellas... oro para pagar tu deuda con  Qawada y convertirte en el hombre más rico de Madinah al-Salam... poder... o una vida tan larga como la mía. ¿Cuál es tu deseo, Khâlid Bin Zîyad? Solamente nómbralo... dí ¿Qué deseas?

Bajo la venda que le protege de los espejismos del desierto rojo, Khâlid guarda silencio largo rato, con el brazo extendido, sosteniendo la jarra.

Luego, muy lentamente, sonríe.

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