Las Tierras Salvajes

-Claro. Se escondió ella sola en alguno de los baúles, y sola también ha salido precisamente ahora.

Altäir intenta sin éxito fruncir el ceño en dirección a Eterindu. La marioneta-arlequín, que cuando se separaron del resto no fueron capaces de encontrar y que creían caída del carro acaba de aparecer de nuevo.

-¡Que no he sido yo, caray!-protesta el joven con calor-. Yo tampoco la he visto hasta ahora.

-Guardala, venga ¡Y no la pongas con el otro!

Aún gruñendo, Eterindu mete la muñeca en el carro, junto al arcón que guarda el nuevo cuerpo en el que el marionetista está trabajando.

-Venga -rie Täleb- En el fondo te has encariñado con ella.

-Mmm, si, pero León me ha adelantado mucho trabajo, dándome esa orden para que los herreros de Albolazán me ayudaran con las piezas, y quería agradécerselo de algún modo...

-¿A dónde iremos ahora?-pregunta Calista Ybarra, muerta de curiosidad.

-Ah, Señora... vamos a uno de los lugares más secretos del Érebo. Origen de maravillas, lugar de conocimiento y sabiduría... vamos al hogar del Juguetero, la Casa de Muñecas. Nuestro camino nos llevará junto a otro lugar de leyenda, las Tierras del Estío -Altäir arriesga un vistazo en dirección a Eterindu, que retira la vista, sombrío-. Pero no pararemos allí, pues esa tierra es el paraíso de los chiquillos, más la muerte para todo adulto que la pise.

Los siguientes días pasan de nuevo veloces, a través de las melancólicas Tierras Yermas.

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