Entre los hombres

Alfonso despierta de la peor resaca de su vida sin más recuerdo que una confusión de tijeras, gritos y marionetas.

- Vaya juerga  la de anoche-murmura. Por enésima vez vuelve a jurar que sus labios no volverán a probar el alcohol.

Cuando por fin consigue incorporarse se da cuenta de algo: su habitación está recogida, limpia, incluso. Imposible; la dueña solo pasa por las mañanas y tiene prohibido entrar mientras él descansa, así que hace meses que nadie empuña la escoba en el cuarto. Una pequeña molestia crece en el pecho de Alfonso, que camina en dirección a la ventana abierta. Cuando se acostó las hojas amarilleaban en los árboles, ahora están todas en el suelo.

- ¿Pero qué carajo...?

Alfonso se gira al escuchar un ruido. Con el corazón desbocado observa cómo la puerta se abre lentamente para dejar pasar a...

- ¡Jesús! ¡Señor Alfonso! ¿Cómo no me dijo que venía? ¡No le hubiera molestado!-la dueña enmudece al mirar a su patrón. Entonces Alfonso se da cuenta de algo.  Está completamente desnudo.

- ¡Diablos! Señora Paca, aguarde, aguarde, espere que me vista. No me mire así, no habrá visto decenas de hombres desnudos... oh, no me malinterprete, no quería decir...

Después de apagarse los ecos del portazo, Alfonso se mira en el espejo. Está... más delgado, y más moreno. Y en sus ojos hay como una mancha, o tal vez un destello que parece cambiar de color según mueve la cabeza.

En el exterior se escucha un trueno y, por un instante, a Alfonso le parece escuchar una risotada.

- Creo que estoy al borde de un ataque de fiebres. Mejor bajar a la bodega. Malo será que no se me pase con un buen vino.

Y con la cabeza repleta de jirones de sueños que le acompañarán mientras viva, Alfonso sale a la calle.

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