En Casa de Muñecas

Cuando el Juguetero despierta, Casa de Muñecas sigue allí. Gira los ojos en sus órbitas, sorprendido. Sus últimas instrucciones fueron claras: no debía ser molestado bajo ningún concepto. La muerte le había llegado demasiado pronto, cuando aún no estaba preparado. Tenía que descansar y esperar por un milagro. Altäir...

“Un momento”, se dice. “¿Qué es esto?”. Sus manos son alargadas, de color avellana. Cada uno de sus dedos es un prodigio de la talla, cada tendón una cuerda de seda.

- No es posible-comienza y al escuchar su voz enmudece. El paladar de metal aún reverbera con las sílabas pronunciadas. Al bajar la mirada descubre más partes de un cuerpo semejante al de una marioneta exquisitamente construída. Por primera vez en décadas se siente con suficientes fuerzas como para incorporarse del lecho. A su alrededor aguardan sus hijas, los androides más perfectos del Érebo, máquinas maravillosas que comen y beben como verdaderos mortales. Las tres sonríen al ver a Padre, le tienden las manos ávidas por acariciarle.

- Padre, ¡por fin despiertas!

- Hijas mías. Es... extraño, este cuerpo que me habéis preparado. Hermoso y frágil. Efímero. Dejadme un espejo. Quiero ver mi rostro.

- Padre, no fuimos nosotras. Fedora, ¿la recuerdas? Vino aquí con el cuerpo, con una caja de arena.

- ¿Fedora? Sí, mi hija querida... responsable de la caída de Concordia. Pero dadme, dadme el espejo.

Cuando el Juguetero contempla su reflejo se escucha una carcajada musical. Los tres androides abren los pétalos metálicos con los que cubren sus ojos, asombradas. Jamás vieron reir a su padre.

- Ah, Altäir. Así que ahora el hijo hace al padre a su imagen y semejanza... maldito seas, siempre fuiste el mejor de mis discípulos -y volviéndose a sus hijas-. Decidme, ¿acaso mi hija y el General de Bronce aguardan en las puertas de Casa de Muñecas?

Apenas se escucha un murmullo cuando la más hermosa de las tres hermanas se acerca.

- No padre. Dijeron que tenían que continuar. Que el camino les aguardaba.

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