Los viajeros

-Las aguas te preguntan -anunció Fújur- si has concluido todas las historias que comenzaste en Fantasía.

-No -dijo Bastián-. En realidad, ninguna.

Fújur escuchó un rato. Su rostro adoptó una expresión consternada.

-Dicen que, entonces, la serpiente blanca no te dejará pasar.

Michael Ende “La historia interminable”


En un claro del bosque, a pocas varas de Valdegrajos, un grupo de gente charla mientras trabaja, ordenando, y clasificando y discutiendo, todo a un tiempo. También se oye un continuo martilleo y canturreo mientras Altäír repara la última rueda.

- Ale, listo... ya lo podeis bajar.

Aurora y Angelina bajan al suelo el carromato, que sostenían con la desenvoltura con la que antaño alzaban una sábana para doblarla y planchar.

- Con esto bastará. Ahora a cargar-indica Tâleb-. Los arcones al fondo, la comida arriba... respetando el principio de la simetría.

- Anda quita -le aparta Altäir-, si no has recogido el campamento en tu puta vida....

Entre risas y bromas se cargan las carretas: el material que ha sobrevivido del circo, el equipaje de los nuevos viajeros y, por supuesto, varios sacos de comida y bebida que han preparado los Ybarra.

- De veras, Fedora, deja de disculparte.  A Aurora y a mi no nos importa acarrearlas. No es como si ahora nos costase mucho esfuerzo.

- Gracias-suspira la pitonisa con alivio-. Necesitamos nuevos animales de tiro. Y menos mal que ha sobrevivido una de las mulas.

- ¿Y por qué entre todas ha tenido que librarse Margarita? -se lamenta Amadeo mientras frota su mano mordida- ¿No había acabado ya mi mala suerte? 

- Cúbrete, Norax -instruye León a un perplejo Herbagante-. El arma más alta, recuerda: se ataca con el último tercio del arma y se para con el primero. ¡En guardia! ¡Pero cúbrete, demonios!

Norax (antiguamente Nemesio) se lleva la mano al costado dolorido

-Pero, ¿no decías que el arma más alta?

-Cuanto ataco desde arriba, hijo... cuando ataco desde arriba.

A un lado Eterindu y Amira juegan con la última de las marionetas, inmóvil y flácida, como si fuera una enorme muñeca.

-¡Camita! -imita Eterindu- ¡No francés!

-A’mita -pronuncia su hermana con orgullo- No fffffanrces... no frrranqués...

Y termina haciendo un gesto con ambas manos, como si empujara con fuerza.

Las carretas comienzan su camino; aburrido del juego Eterindu coloca la muñeca en el último carro, sentada como si se hubiera dormido mirando el paisaje.

- Se cuidadoso con ella, muchacho-avisa León-. Es una obra de arte y me gustaría conservarla sin daños.

- Yo siempre cuido de los muñecos, León.

- Muñecos...- gruñe para sí León-. Una maravilla como esa...

- ¿Alguno de ellos recuerda que fui yo el que la fabricó? -masculla Altäir mientras Tâleb se encoge de hombros.

Los siguientes días pasan rápido. Tras el bosque y los matojos, la impresionante aridez y monotonía de las Tierras Salvajes asombra a los antiguos habitantes de Valdegrajos. Hay tiempo para charlas y ocurrencias, y explicaciones, Tâleb cuenta historias cada noche, intentando hacer comprender a los nuevos viajeros la extensa complejidad del mundo que van a conocer. Cada noche procura, sin éxito, beber más orujo que Sebastián. Cada mañana Altäir le despierta a patadas, como antaño

-Joder, creía que ya no tenías nada que olvidar, viejo cabrón.

-Aaaaah, que el Cesariano te encule, Altäir... hay cosas que también se hacen por puro divertimento.

Tras las Tierras Salvajes, la frontera con Campo de Sangre. El camino de la costa, con sus vistas sobre el Azul, dejando sin aliento a gentes que desconocen el mar.

- Isabel... ay, Isabel...-suspira Calista.

- Seguro que ella también tiene la oportunidad de verlo-intenta consolarla su hermano Andrés-. El mar no se ha movido de aquí en siglos, eso seguro.

- Así que esto era lo que echaba tanto de menos Javier-suspira Segismundo, recordando las historias de su cuñado.

La caravana ahora marcha más lentamente, por un camino de arena suelta. Por debajo de ellos, el Camino del Mar está anegado.

- La marea ha subido demasiado. Coraza del Mar debe estar casi inundada -comenta un preocupado León. Hay marcas de la ruina del Dominio y de la rápida subida de las aguas por toda la línea de costa.

A la vista de Cerecedo, la fortaleza que guarda el paso a Asaìt, una silenciosa Nunn comienza a boquear como si le faltara el aire. Después grita y coloca las manos sobre sus sienes.

-¡No está!  ¡Se ha ido!

Las mangas de la camisola de Nunn dejan ver unas muñecas impolutas cuando León y Amadeo llegan corriendo.

-¿Que ocurre?

-No siento la presencia de Asaìt. El dominio... no lo noto ya en mi mente.

-¿Puede que se haya ido, ahora que ya tiene lo que necesita?-pregunta Amadeo, preocupado.

- No, no lo creo-contesta Nunn pensativa-. Sentía tanta curiosidad... estaba fascinado por la inmediatez, por lo variado de todo lo vivo. No creo que renunciara voluntariamente. ¿Puede haber muerto, el Erebo tiene la crueldad de llevarnos a la puerta para llegar una hora tarde?

- Que el Cesariano y la Sierpe.... -León desenvaina la espada y cierra los ojos- No. Seguro, no. Sigue allí. Aún puedo sentirlo.

-¿Quizás está demasiado débil para andar por el mundo?-sugiere Amadeo.

-Entonces más vale que nos demos prisa -responde León. Apretemos el paso.

- ¿Te encuentras bien, Nuun?-pregunta Amadeo.

- Mejor que nunca. Vuelvo a ser yo, Amadeo. Sólo yo, viva de nuevo.

-Pero ese país de Asaìt...

-Si no puede sostenerse ya, Asaìt debe estar muriendo.

Cruzan la fortaleza sin mediar palabra y sin que León se de a conocer; prefiere llegar a Ilduratia antes de que nadie detecte su presencia. Comienza a anochecer, las conversaciones excitadas del principio dejan paso a un silencio incómodo. Las señales de ruina y muerte están por todas partes: arboles secos y animales muertos, y los dedos del mar inundando extensiones antes fértiles; el ruido de las campanas repicando a difuntos en las aldeas de pescadores.  En la caravana solo suena el chirrido de las ruedas, y si alguno de los viajeros tuviera el oído lo suficientemente fino, el tintineo de la pulsera de cascabeles de la última marioneta al ritmo de la carreta. Plin. Plin.

Plin.

Plinplinplin

El brazo mecánico se alza con un movimiento torpe y roza una rama. Cae una lluvia de hojas secas, pero al hacerlo revela un destello verde tierno en el interior. Brotes nuevos.

Y los ojos de cristal observan el mundo con infinita fascinación.

-Asaìt no camita.

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