Asàit

La caravana ya no es tan pequeña: ahora León, Amadeo, Norax y las Vinuesa viajan a caballo, escoltados por las tropas de Coraza de Mar. Del grupo inicial solo queda la mitad: Nunn fue vista por última vez en el puerto, y las gentes de la Hermandad han guardado un testarudo silencio sobre qué barco abordó. El Circo y los Ybarra han tomado el camino de la Cordillera, ansiosos por volver al camino.

El renacimiento del Dominio cubre de hierba nueva las colinas que rodean Ilduratia; los muros de la ciudadela renacen de verde y oro, y la enseña de los Asaitar bate al viento en las murallas. “Eso puede significar una bienvenida o un desafío”, susurra el cínico que hay en León, aunque ese pensamiento sea prontamente acallado. Hay otros escudos, señal de que los señores se han apresurado a acudir a la llamada. “Eso puede ser bueno o el comienzo de una guerra”, susurra la misma voz.

Al acercarse a la ciudadela la comitiva encuentra las puertas abiertas, la multitud se alinea a lo largo del camino, y los vítores comienzan a escucharse mucho antes de poder distinguir al grupo de notables que aguarda, en pie, a la entrada. Frente a todos un hombre taciturno, vestido de negro de los pies a la cabeza; y una mujer aún joven, vestida con lujo pero con las manos cubiertas de vendas de lino blanco. Como dentro de un sueño, León detiene su caballo y desciende. Hay canas en el cabello de la mujer y ojeras bajo sus ojos; un rostro hermoso pero carcomido por la fatiga y la preocupación, aunque ahora parece iluminado, los ojos empapados en llanto pero ardientes. “A tí nunca pude olvidarte. Aunque mezclara todo lo demás, aunque cambiara tu nombre, aunque falseara nuestra historia... a ti jamás te olvidé”. Y como tantas cosas en la vida de León Asaitar, no es del todo verdad; pero no es del todo mentira.

La mujer solloza y olvida la gravedad del momento, y corre, corre con los brazos extendidos, casi tropezando con sus faldas. León la abraza a media carrera. Estallan vítores y aplausos entre la multitud, doblan la rodilla los notables, incluso el hombre enlutado se inclina formalmente, dando la bienvenida al Señor que retorna. Por un instante, ese podría ser el final.

Pero Aurora se lleva la mano a la boca, para ahogar el grito de indignación e injusticia que le trepa por la garganta. Angelina se adelanta, el ceño fruncido, como si quisiera interponerse entre su sobrina y el mundo. Norax y Amadeo intercambian miradas de “y que le vamos a hacer”. Algo en todo eso capta la atención de la mujer que abraza a León, que se envara y alza la mirada, una mirada que antes era de pura dicha y donde ahora crece la duda, y las preguntas. Y el hombre de negro, aunque permanece impasible, recorre el extraño grupo que tiene delante con ojos agudos como espadines.

Y León piensa, fatigado, que aunque puede que los problemas de Cyrano terminen en esa hora, los del Señor de Asaìt acaban de empezar.

... Pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

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