Introducción

 

-¡Cecilia! ¡Qué haces, mujer!

La  madre le arrebata la labor de entre las manos y la revisa, ansiosa. Con un bufido le muestra un extremo del bordado, manchado de hollín.

-Casi lo metes en la lumbre ¿Quieres casarte con una mantilla quemada?  ¿Dónde tienes la cabeza? 

- ¿Dónde la va a tener? ¡Pues pensando en su novio! 

Un coro de risas corta la regañina. Todas las mujeres del pueblo se han juntado en la cocina a echar una mano con los bordados y cosidos del ajuar. El puchero borbotea, el fuego está bien alto y la temperatura es sofocante, algo que se agradece: fuera la nieve se acumula contra las puertas.

Cecilia coge de nuevo la mantilla y se esfuerza en limpiar el desaguisado en la pileta. 

-Sería... sería bonito que alguien más viniera-sin volverse, aclara-. Alguien nuevo.

Un suspiro recorre la cocina. Por unos segundos nadie habla. Luego la madre se levanta con un resoplido, remueve con fuerza el caldero y sentencia:

- Mientras estén los franceses, eso es imposible.


Segunda partida de fin de semana de Érebo. Un pequeño pueblo, aislado de todo y de todos, escondidos en el fondo de un valle para escapar de los reclutadores y de la guerra. Encerrados y asustados, las enemistades se enquistan y los rencores deben rumiarse en silencio... porque mañana amanece también, y estarás obligado a ver a tu vecino un día más. Una boda. Unos invitados. Y, cómo en la vida misma, no todo es lo que parece, no todos dicen cuanto saben, y no todos los secretos se pueden guardar eternamente 

 

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