Inicios del XIX. La ropa femenina

Durante las últimas dos décadas del siglo XVIII la indumentaria europea experimenta un retorno a la sencillez y la naturalidad, en parte influida por la ideología de la Ilustración y también por la importancia que va adquiriendo en los mercados de la moda el traje inglés, más cómodo y simple propio de las clases altas inglesas, más habituadas a residir en el medio rural. Estos cambios repercuten en la longitud de los vestidos, que se hacen más cortos y en el uso de tejidos ligeros, permitiendo la realización actividades como el paseo, los viajes e incluso algunos deportes .

Casos como el vaquero (vestido amplio y cerrado, de manga larga, con vuelo en la cintura y abultamiento posterior en la falda, sin pliegue en la espalda, muy ceñido a la cintura mediante un corsé emballenado y que descubre el píe) y la polonesa, de corte oriental, que incluía un sobrevestido al que se le podía regular la longitud mediante un mecanismo llamado alzafaldas que abuñonaba los faldones permitiendo alzar los bajos y dar mayor comodidad al movimiento pues mostraba los pies.

 

 

Pero el estilo que más influiría en la moda de principios del siglo XIX sería el denominado Directorio. Sus inicios constan en el periodo de 1795-1799 y favorece la creación de vestidos camiseros o vestidos forros que intentan combinar la comodidad del traje inglés con un corte de aires neoclásico inspirados en diseños griegos o romanos. De una pieza, estos vestidos más estrechos en la zona de la falda, marcaban el pecho gracias a su talle alto y amplio escote, acompañados de mangas cortas (a juego de largos guantes) o largas hasta la muñeca, pegadas a los brazos y de apariencia abuñonada. Alguno de ellos podía finalizar en una cola que arrastraban por el suelo, mientras que otros remataban sus bajos con un volante que permitiese ver el pie. Esta moda tendrá una gran importancia en el reinado del rey Carlos IV.

 

Del corte Directorio surgirán otros como el Consulado o Imperio, manteniéndose como estilo predominante durante las primeras dos décadas del siglo XIX. Estos vestidos, confeccionados en colores claros o blancos crudos, utilizaban tejidos como el algodón (muy en uso del tipo indiano con estampaciones florales en tintes naturales), lino o sedas y eran acompañados por sobrefaldas de otros colores más vivos realizados en brocados, satenes o terciopelo decorados en ricos bordados.

 

 

Un complemento destacado es el "spencer", chaquetilla con cuello alto, mangas ajustadas, pequeños bolsillos y recargada decoración que nacería a finales del siglo XVIII y se mantendría durante los siguientes cuatro lustros.

 

 

Indispensable, como ropa de abrigo, es el uso de los chales o mantones. Bordados en sedas se utilizan en las estaciones estivales, mientras que los confeccionados en fino paño o lanas de cachemir son más acordes a los periodos fríos. También el Cabrioles (capa de abrigo con abertura frontal para los brazos y con forro interior de piel) es una prenda muy apreciada en invierno.

 

 

En cuanto al peinado es también una imitación del estilo neoclásico: melena recogida o cortadas a desniveles enforma de rizos denominados a la "griega", que encuadran el rostro y la frente. Se solían engalanar con diademas o complementos hechos con plumas en ocasiones especiales.

 

 

 

Todas estas reformas transformaron el traje femenino, hasta ese momento más rígido y aparatoso, en una prenda más cercana a la teoría de los médicos higienista, mayoritariamente ingleses. En ella se propugnaba por la desaparición de las cotillas, corsés o tacones altos, hasta llegar a una unificación generalizada independientemente del estamento social a que se perteneciese.

El tipo de calzado también cambia radicalmente, perdiendo el tacón y buscando la comodidad del zapato plano. En verano el uso de sandalias en cuero inspiradas en diseños clásicos grecoromano, contrastaban con el zapato plano de puntera redondeada elaborado en la misma tela que el vestido forro.

A destacar en España, como referente cultural propio en la moda (tanto en mujeres como en hombres) el denominado "majismo". En el atuendo "majo" el vestido se veía acompañado de basquiña y mantilla de lana o seda, con jubón, de corte semejante a una chaquetilla de mangas estrechas, y acompañado de guardapiés o zagalejo.

 

 

El tocado era escoltado por una redecilla sujeta a la cabeza por un lazo. Grandes damas de la época gustaron de mostrar en público este movimiento, como fueron la Duquesa de Alba o la reina María Luisa de Parma.

 

 

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