Siglo XVIII. El dominio francés

La llegada de la Casa Borbon tras la Guerra de Sucesión (1702-1714) como nueva dinastia real supone en la historia del vestido español la reincorporación a las corrientes internacionales de la moda, cuyo desarrollo histórico se vio interrumpido en las primeras décadas del siglo XVII. Bajo el periodo de la Casa de los Austrias el estilo de vestimenta imperante en España contrastaba con el resto de Europa por su corte austero, sobriedad en encajes y preferencia hacia los colores oscuros, acuñando un sello propio e identificantivo en la forma de vestir que contrastaba por la apulencia y vivos colores imperantes en las modas de Francia, Italia o Inglaterra.

A la llegada de Felipe V (1700-1746) la vestimenta española se sumerge plenamente en las formas del vestido de la mayor parte de las cortes europeas, que siguen la inspiración de la moda del Estado francés, al que España queda vinculada por motivos políticos y dinásticos durante gran parte del siglo XVIII. Sólo el fenómeno del majismo, a finales de la centuria, aportar rasgos de personalidad y nacionalismo al traje español.

Una de las primeras cuestiones a las que tuvo que enfrentarse el nuevo monarca fue el empobrecimiento de la producción textil dentro del país. La Corona, a lo largo del siglo XVIII, impulso la creación de fábricas en Valencia, Toledo, Cataluña y Madrid reactivando la manufactura textil, si bien, por su alto coste nunca llego a competir con las telas provenientes de Francia, Holanda, Inglaterra e Italia.

Durante todo este siglo fue promulgada una única ley general sobre vestimentas y alguna más sobre artículos de lujo, como sedas bordadas en oro, encajes y ciertas pasamanerías. Dicha ley mantuvo la diferenciación entre las distintas clases mediante las vestimentas, propósito que se mantuvo hasta mediados del siglo XIX. Si bien el auge económico que respalda a la alta burguesía le permite adquirir sedas, damascos, muares o brocados con los que emular la ostentación de la aristocracia, las clases humildes deben seguir vistiéndose con telas atribuidas tradicionalmente a su condición como son la lana, el paño o la bayeta.

Otra característica que separa la llegada del siglo XVIII con respecto a sus antecesores es el protagonismo que adquiere la indumentaria femenina, resaltando la riqueza de telas y adornos de las que gozan los ropajes femeninos frente a las vestimentas masculinos de la época, que empiezan a tornarse menos llamativos y de colores más oscuros.

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