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Los protagonistas

CARLOS IV

Rey de España por la gracia de Dios, Carlos IV empezó su reinado con la intención de reformar un estado que ya se sabía estaba condenado a la desaparición. El estallido de la Revolución Francesa, sin embargo, cortó las alas a las reformas necesarias en España. El rey, suponemos que asustado, decidió eliminar todas las reformas que había considerado y volvió, como su padre y su abuelo, a llevar una política de conservadurismo, de “no hacer nada”, que acabaría desembocando en la invasión francesa.

 

MARIA LUISA DE PALMA

Consorte del rey de España y prima carnal de los reyes franceses Luis XIV, Luis XVIII y Carlos X, la reina de España fue siempre más famosa por sus líos de faldas que por su dedicación a la política. Criada, se rumorea, según las costumbres licenciosas de Étienne Bonnot, abate de Condillac, fue famosa por sus amoríos, su “burdel o rellano” de hombres hermosos y, sobre todo, por su relación amorosa con Godoy.

 

GODOY

¿Quién era esa odiada persona? ¿Quien era ese Godoy a quien todo el mundo temía? Tendríamos que remontarnos a sus inicios, a su juventud. Godoy se enroló los diecisiete años para servir en los guardias de corps, con el mérito tan solo de su belleza. “Es de alta estatura, lleno de carnes aunque no gordo, muy cargado de espaldas, a punto de llevar la cabeza algo baja, de pelo rubio y color muy blanco... Sobre la blancura de sus mejillas relucía un vívidísimo carmín”. Rumores siempre hubo de la ligereza de la princesa de Asturias Maria Luisa (quince años mayor que Godoy) y al poco tiempo de entrar Godoy a su servicio ya se habló de amoríos. Sea como fuere, Godoy consiguió convertirse en valido, General, Almirante y Príncipe de la Paz. Fue el rey en lugar del rey, o lo que es lo mismo, reinaba sobre una España cuyo rey no deseaba gobernar. Hablar de sus méritos y sus defectos está de más, y además no son claros. Pero al menos sí que dejó huella sobre muchas de las fuerzas españolas.

Fue odiado por igual por la familia real, que estaba al tanto de la relación de Godoy con la reina, como por la Iglesia, que se vió despojada de sus prevendas con las desamortizaciones realizadas en su nombre. Incluso Fernando VII, príncipe y heredero a la corona española, aprobaría la publicación de unos panfletos que no dejaban lugar a dudas sobre su odio personal a la figura del valido:

La realeza te hizo / muchos favores / y tu solo le diste / ajipedobes.
Anda, Luisa, / pronúncialo a la contra, /verás que risa.

Podemos observar que la sutileza española fue y sigue siendo motivo de escarnio.

 

FERNANDO VII

Fernando fue la consumación real de una corona enferma de estupidez. Desprovisto del afecto de sus padres, Fernando creció sin recibir una formación ni estadista ni militar. Se casó a los dieciocho años con Maria Antonia de Nápoles, mujer avezada en las lides de la corte y la política. Fue un matrimonio triste, sin amor ni respeto mutuo. La princesa despreciaba en Fernando su obesidad, su voz aflautada y su aspecto estúpido. Se dijo que el rey tardó un año en consumar el matrimonio, se guardan escritos de su esposa diciendo “no hace nada, ni lee, ni escribe, ni piensa”. ¡Qué comparación con Maria Antonia, una mujer que había sido educada para gobernar! Más adelante, sin embargo, escribiría con más afecto. “Es bueno, pero sin instrucción ni talento natural, ni tan solo despierto”.

Así era Fernando VII, futuro rey de España.

Maria Antonia sabía del poder de Godoy y no tardó en aliarse como figura visible del grupo contra Godoy, un partido respaldado por los duques del Infantado y por la Iglesia. Si Godoy se inclinaba a Napoleón estos se inclinaban, huyendo de la opinión del favorito, por Gran Bretaña.

Pero, ay, Maria Antonia murió de tuberculosis en 1806, dejando a Fernando sólo e igual de estúpido, acechado por un Godoy que tenía que buscarse un retiro cómodo antes de que Carlos IV desapareciera. Con la preclara inteligencia que guiara todas sus acciones, Fernando decidió apoyar a Francia por delante de Portugal, es decir, a Napoleón. Rumiando sus miserias escribió al general franco buscando su “protección parental” y pidiéndole como esposa “una princesa de su familia”.

La carta fue interceptada por Godoy que corrió raudo para mostrársela al rey. Carlos IV expuso a su hijo a la luz pública, hablando de su intento para destronarle. El que se conoció como “el Proceso del Escorial” acabaría absolviendo a todos los acusados, aunque Fernando se vio en el compromiso de pedir disculpas al ser mostrada la correspondencia contra su padre. Pero si algo había que destacar en Fernando era su suerte, y las pruebas solo consiguieron enardecer a las masas, que las tildaron de falsas. En ese resultado influyó la Iglesia, que no perdonó jamás a Godoy sus desamortizaciones.

Toda la triste historia de Fernando VII daría un vuelco en 1808, en el motín de Aranjuez.

 

JOSÉ BONAPARTE, JOSÉ I DE ESPAÑA, PEPE BOTELLA

Cuantas estupideces se han dicho de este hombre, vilipendiado por unos españoles que no podían ni querían reconocer a un rey puesto por Napoleón. Mesonero Romanos diría de él, años después de la contienda, que intentó hacer una política liberal, “inspirado por sus naturales inclinaciones y sus buenos deseos, y firmemente secundado por un ministerio compuesto de hombres ilustrados”. Esos hombres ilustrados eran los afrancesados, sinceramente motivados por la necesidad de una reforma de estado.

Pero, ¿cómo podía gobernar su país si ni siquiera su hermano le tenía en cuenta? Jamás tuvo una oportunidad, teniendo en cuenta que su poder se cimentaba en un ejército que devastaban el país, actuando sin tener en cuenta ni al gobierno ni al rey. Napoleón le restó toda la autoridad durante su mandado y terminó siendo motivo de mofa por los españoles, recordado por su gusto por la botella (aunque era abstemio) y ridiculizado de por vida. Esos mismos españoles, años más tarde, devolverían a Fernando VII su trono. 

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