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El 2 de Mayo (de 1808)

 

La inquietud extendida en Madrid desde mediados de Abril terminaría por estallar el 2 de Mayo. Murat, el enviado de Napoleón, tenía órdenes de trasladar a Bayona lo que quedaba de la familia real: el infante Antonio, la infanta Maria Luisa con sus hijos y Francisco de Paula, el más joven de los hijos de Carlos IV (o de Godoy, nunca se sabe). El joven Francisco no quería irse de palacio y se agarraba a los muebles para permanecer en su casa. Los criados, viendo esto, trataron de detener la partida. Murat mandó una fuerza disuasoria que, lejos de calmar la situación, se ocupó de agravarla disparando sobre los alborotadores.

La revolución comenzaba.

Se cuenta que a la diez menos cuarto del día 2 de Mayo apareció en Sol una mujer “alta, bien parecida, tremolando un pañuelo blanco”. Gritaba con voz descompasada. “Armas, armas”. No hizo falta más: los madrileños corearon a la mujer y corrieron a las armas. Todo francés solitario que se cruzó en su camino acabó muerto a cuchilladas, a pedradas y a golpes.

Ya pasado el mediodía la guardia imperial, precedidos de los mamelucos, se ocuparon de sofocar la revuelta. Desvalijaban y quemaban las casas desde donde creían les habían disparado. Al llegar a Sol, los mamelucos se lanzaron con sus cimitarras. “Hicieron volar en un instante un centenar de cabezas”, nos cuentan. Los madrileños respondieron con navajas y espadas.

¿Y el ejército español? Tenía órdenes de no intervenir en la revuelta. Solo los artilleros del Parque de Monteleón ayudaron a los madrileños. Más adelante sus líderes pagarían con su vida esa insurrección.

Llega la tarde y patrullas de soldados españoles y franceses salen por las calles para tratar de mantener una tregua firmada por Murat y la Junta de Gobierno. Nadie sale a atacarles, en Madrid campa el terror y la rabia.

Los franceses no respetan el acuerdo. Cada persona armada que encuentran, aunque fuera con navaja o tijeras, es ejecutada. Se les fusila en el Retiro y en el Prado o al día siguiente, en Principe Pío. Se dice que debieron morir mil doscientos madrileños. Murat disfruta: “La lección dada a los rebeldes de Madrid ha producido resultados decisivos: el entusiasmo ha desaparecido, todos los españoles han abierto los ojos sobre sus verdaderos intereses.”


 

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