Las revueltas provinciales (del 9 de Mayo al 18 de Junio de 1808)

Si la capital estaba en calma, no se puede decir lo mismo del resto del país. Encontramos numerosos ejemplos a lo largo y ancho de la geografía española.

En Barcelona, el 19 de Junio, se publica una proclama por la que las gentes de bien no han de rebelarse, pues “la anarquía es el mayor azote que Dios envía a los pueblos”.

En Zaragoza se encerró al capitán general, Guillelmi, y se colocó a José de Palafox. Para legitimar su nombrariamento se convocaron a unas Cortes de Aragón que no habían sido reunidas desde hacía un siglo.

En Valencia, el 23 de Mayo, tres días después de las abdicaciones de Bayona, estalla la revuelta. El franciscano Juan Rico y los tres hermanos Beltrán de Lis son sus primeros líoderes. Se nombra una junta de autoridades compuesta de clérigos, aristrócatas, propietarios, comerciantes. Pero la situación se complica por un motín de labradores comandado por un canónigo de San Isidro, de Madrid. Su nombre es Baltasar Calvo y con un movimiento audaz consigue apoderarse de la ciudadela en la noche del 5 de Junio. El canónigo inicia una matanza de franceses que causó la muerte de casi cuatrocientas personas. De esa ingente cantidad de víctimas su causante solo dice que fue “un sacrificio muy agradable a la divinidad”. Los propios españoles terminan por ajusticiarle a garrote vil, al grito de “monstruo, monstruo”.

En Asturias comienza el 9 de Mayo, al intentar tomar medidas de defensa contra los franceses algunos miembros de la Junta del Principado. El 24 de Mayo, por la noche, un ejército de campesinos toma Oviedo y se forma una Junta suprema del Principado, un órgano revolucionario que comienza negociaciones con los británicos para conseguir ayuda económica y militar.

En Cataluña se crea una Junta de Defensa el 18 de Junio. Se xige a las autoridades que tomen medidas si quieren “seguir en el partido español, como el pueblo reclama”.

Decenas de movimientos similares surgen por toda España. Se crena 18 juntas supremas proviciales que tratan de llenar el vacío de poder que ha supuesto el viaje del rey a Bayona. Sus dirigentes son, mayoritariamente, eclesiásticos y miembros de las clases privilegiadas. Casi todos aspiran a restaurar en el poder a Fernando VII pero algunos son partidarios de una reforma de estado.

Tenemos que entender esto: la unanimidad de la sociedad española, unida por el odio a los franceses y a Godoy, era una farsa. La gran mayoría quiere expulsar a Napoleón para que no produzca cambios en el país. Una pequeña minoría activa lucha contra Napoleón y contra el antiguo régimen. Solo es común el odio patriótico contra unos franceses que habían decidido acabar con todos los enemigos en un país que no era el suyo.


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