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Un país devastado por la guerra

La guerra con Francia dejó tras de sí un país miserable, plagado de muerte y de hambre. Se calcula que solo por la guerra debieron morir casi cuatrocientas mil personas, muertes que se unirían al casi medio millón de personas muertas por las hambrunas y las epidemias que asolaron la península a primeros de siglo.

A esta terrible mortandad debemos añadir, también los campos arruinados por la guerra. La falta de brazos útiles para labrar, los animales muertos, las fincas quemadas, los campesinos amedentrados, las tierras abandonadas... todo ayudaba al país a entrar en un hoyo del que le costaría mucho salir.

Como de costumbre, los campesinos habían pagado la mayor parte de los costes de la guerra con los suministros y los robos cometidos por las tropas francesas y españolas. No solo eso, sino que además habían perdido sus útiles de labranza, su ganado e incluso sus bosques. Particularmente sangrantes fueron las pérdidas ganaderas, pues los soldados se encargaron de sacrificar rebaños enteros para comer, lo que dejaba a los campesinos sin animal, abono ni cuero o lana para fabricar sus vestimentas.

Por otra parte, el imperio español se había desintegrado. Liberadas las colonia del yugo español, ya no llegaban a Cádiz las abundantes cargas de metales preciosos que antaño habían conseguido paliar en parte los despistes reales.

Las cosas habían cambiado, y eso lo sabían los partidarios del viejo régimen. A las oleadas de hambre, los aumentos de impuestos para tratar de mantener una economía herida de muerte, las malas cosechas, etc. se unía además una hueste de campesinos que habían probado la guerra y que no se amedrentaban con facilidad. Para ellos, muchas de las reglas a las que habían vivido sometidos eran ya injustificables, por lo que no entendían ya los derechos señoriales que Fernando VII trataría de restaurar.

Muchas fueron las razones que impidieron que la restauración absolutista triunfara, y quizás una de las principales fueron las Cortes de Cádiz. Si bien es cierto que jamás se instauró su Constitución, también lo es que su mensaje libertador había calado hondo entre las colonias. Y, mal que pesara a los contrarreformistas, también entre unos españoles que estaban cansados de pasar hambre.


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