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El fracaso de la restauración política

 

Fernando VII creía poder “quitar de en medio del tiempo” lo ocurrido con las Cortes. Pero ni tenía capacidad para lograr algo así ni tampoco podía considerar, como algunos estadistas sugirieron, que la única forma de levantar el país era eliminar las prevendas de clérigos y nobleza. Además, su capacidad de rodearse de personas competentes distaba mucho de ser adecuada: convirtió a un vendedor de chocolate en ministro de Gracia y Justicia, nombró director de las reconquista de las colonias a un antiguo mozo de esportilla. Mientras tanto la corrupcióna abundaba pues si un aguador podía ser ministro, ¿a donde podría llegar un coronel?

El primer gobierno de la etapa absolutista tras el golpe de estado de 1814 se disolvió en dos meses. El ministro de Justicia terminaría en la cárcel por vender cargos y nombramientos. Durante los siguientes dos años la situación fue similar.  Los ministros de hacienda iban y venían, todos sin hacer frente a la verdad: el agobio financiero seguía y nadie hacía nada por remediarlo. Los más hábiles anunciaron al rey sus miedos, pues era bien sabido que la Hacienda “ha sido siempre la causa más común y más activa de las revoluciones y los trastornos”. Fernando VII no prestaba atención: si un ministro no solucionaba el problema era necesario poner a otro.

Poco respiro dio el rey a la hecatombe; los ingleses dieron a España casi medio millón de libras esterlinas a cambio de la supresión de la trata de esclavos, dinero que llevaba un mes comprometido en una compra de barcos a Rusia. Mientras tanto Fernando y su hermano Carlos se casaban en una doble boda con princesas portuguesas a modo de acuerdo con el país vecino, se acercaba a Rusia en aras de formar la Santa Alianza y se seguían destituyendo ministros y dando prevendas a inútiles para satisfacer a burguesía y al clero.

Resulta imposible resumir aquí las estupideces cometidas por los sucesivos gobiernos absolutistas pues resultan incontables los gobiernos que existieron, Podríamos hablar de los sucesivos fracasos de las “revolucionarias” soluciones económicas de 1816 y 1817, o de cómo los barcos rusos fueron desaprovechados hasta tal punto que uno de ellos se convirtió en buque insigna de Lord Cochrane, el hombre que logró la independencia de Chile y Perú. Lo cierto es que los ministros o eran incompetentes o ladrones, o ambas cosas, y ninguna de sus ideas ayudó a la estabilización del reino, sino todo lo contrario.

De esta forma, todo el crédito del absolutismo restaurado, todas las esperanzas que había puesto parte de la población en el “deseado” Fernando VII se fueron agotando poco a poco. El rey “no sabía ser buen rey ni déspota vigoroso” y tenía tan poca firmeza que felicitaba a ministros dos horas antes de ser cesados. Todo ello ayudaba, poco a poco, a que la figura del rey de España se convirtiera en un símbolo del fracaso del absolutismo.


 

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